Crítica de ‘Danny y Roberta’

A continuación, texto de la crítica de la obra ‘Danny y Roberta’ publicada en ‘Butaca en Anfiteatro’. Laia Alemany interpretó esta obra junto al actor Armando del Río a comienzos de 2016 en la Sala Mirador (Madrid) bajo la dirección de Mariano de Paco y la música en directo de Ester Rodríguez.

 

Enlace a la web: https://butacaenanfiteatro.wordpress.com/2016/03/11/danny-y-roberta-siempre-quedaran-suenos/

 

Después de alcanzar un sonado éxito unos años atrás con esta misma función, Mariano de Pacopropone un nuevo montaje de Danny y Roberta, el drama social de John Patrick Shanley con nuevo reparto y una idea escénica renovada, tan sencilla en el planteamiento como eficaz en la manera de exponer y transmitir las emociones. Uno de esos espectáculos que recalan en el cada vez más castigado off madrileño, que demuestran que se pueden hacer grandes cosas con pocos medios cuando hay talento.

Un bar desierto una noche cualquiera. Una de esas noches perdidas, en las que parece que ya nada va a ocurrir salvo hundirse en el pozo del alcohol. Dos seres solos, cada uno en su mesa, que entablan conversación torpemente y a duras penas; porque son personas de pocos amigos. Danny y Roberta, doslosers, dos marginados sociales castigados por el peso de culpas que creen suyas y que les devoran. Dos personas que viven al margen de un mundo que les ha dado la espalda. Ahora, sin embargo, tienen a la horma de su zapato enfrente, y se agarran a ella como si fuera su último tren. Así, como quien no quiere la cosa, Danny y Roberta comienzan esa noche una relación extrema, dependiente, puede que hasta un punto tóxica, en la que deberán jugárselo todo a una única carta. Porque, a pesar de todo, son dos seres golpeados por la vida con una gran necesidad de dar amor y ser aceptados, que se refugian en su dolor para seguir viviendo lo mejor que pueden y saben. Es ahora o nunca: este par de minusválidos emocionales deberá aferrarse a la última balsa que queda disponible, conducir el dolor del otro y aprender a dar amor, para evitar hundirse para siempre. Pero ¿están preparadas dos personas tan estigmatizadas por el entorno para dar amor?

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El texto de Shanley –ya un clásico contemporáneo que sube con frecuencia a los escenarios- cuenta una atípica historia de amor que esconde muchas capas de lectura, porque a veces la procesión va por dentro; y a veces lo que más pesa es lo que no se ve, lo que se intuye. Decididamente alejada de la comedia romántica por las implicaciones dramáticas que acarrean sus personajes, no siempre es fácil encontrar un tono de lectura de esta obra: porque quedarse en la violencia extrema –la visible- es renunciar a toda una parte de la historia; y convertir un encuentro tan lleno de dolor en un cuento almibarado es traicionar la intención del autor. Lo fascinante de esta obra –pero también lo más difícil- es el equilibrio que encuentra Shanley en su escritura entre el estigma y esa voluntad de capacidad de adaptación al medio que demuestran los personajes, por más que no sea fácil, por más que lo tengan todo en contra. Y, si las cosas no salen en el mundo real, si no hubiese salida, quizás siempre les quedarán los sueños… ¿Por qué no?

Hay fundamentalmente tres grandes aciertos en la propuesta escénica de Mariano de Paco. Primero, la economía de medios con la que se plantea todo; porque ayuda a concentrar la atención en el trabajo actoral y porque va muy bien a ese aire decadente que debe transmitir el todo. Apenas dos mesas sirven para crear el espacio desierto, poco acogedor y frío; como las almas de los personajes que pueblan esta obra. Ayudan sobremanera, eso sí, las luces estupendamente colocadas por Felype de Lima para crear los ambientes. Segundo –y este es importante, este es el difícil-, de Paco –con la complicidad de sus excelentes actores- ha dado en el clavo con el nivel de lectura de la obra: nos presenta a dos seres heridos, enfadados con el mundo y con sí mismos; pero consigue que en ningún momento perdamos de vista que la espiral de violencia física y verbal en la que encuentran enredados los personajes viene provocada por su vulnerabilidad, por su necesidad de que se les escuche: vamos, que los personajes que plantea Mariano de Paco tienen mucho –pero mucho…- fondo más allá del macarrismo que puede aparecer a primera vista; y esto es un gran acierto, porque enseguida provocan nuestra ternura y nuestra capacidad de empatía con ellos. Queremos que se salven. Y tercero: el montaje añade a una cantante en directo; pero sabe integrar tanto a la intérprete en la dramaturgia como las canciones –están muy bien escogidas: van cayendo “Temptation”, “Libertango”, “Luz de Luna”…– en el devenir de la historia. En resumen, que la sensación final es la de que tener a una cantante y tener canciones no es en absoluto un capricho sino una necesidad, porque aportan al ritmo y a la situación. Además, Mariano de Paco tiende a rehuir cualquier tendencia a lo naif y al flower-power, muy en consecuencia con el espíritu de la historia y el montaje. Solo una sugerencia: creo que la escena de sexo debería ser un punto más cárnica, más salvaje –y ojo, no me refiero al hecho de que se vea carne en escena, sino a la ejecución-, en consecuencia con lo que estos personajes son.

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Los intérpretes están perfectamente equilibrados en este concepto de lectura de la función –no es fácil-, y eso es lo que obra el milagro. Ver en el Danny de Armando del Río a un tipo capaz de romper una botella en la cabeza de Roberta, para derrumbarse un par de escenas después con total convencimiento y despojado de cualquier atisbo de histrionismo es una imagen que bien puede resumir todo el personaje y todo el trabajo del actor: hay corazón, hay dolor y hay fondo detrás de toda esa violencia, y nunca lo perdemos de vista. Es la clave y no hay mucho más que decir. Como en la Roberta de Laia Alemany, que construye un personaje que deja translucir claramente el poso de muchas noches de alcohol, de muchas noches sin dormir; de un rencor que ya no permite que pueda escapar de un mundo que la asquea: hay también mucho dolor y mucha humanidad en su composición, desde un lugar muy delicado; hila muy fino. La química entre ambos es evidente, y sirven un espectáculo de actores lleno de emoción e intensidad. En fin, Ester Rodríguez sale airosa de su papeleta, al no conformarse con ser “la chica de la guitarra al fondo” y saber aportar algo al cuadro escénico; además, da hermosas versiones de temas que como ya he dicho más arriba –y esto es otra clave- están muy bien escogidos para colorear las situaciones dramáticas.

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Con pocos medios, pero con gente que sabe de teatro; este montaje es un éxito que ni siquiera la seca y a veces conflictiva acústica de la Sala Mirador pudo empañar. Un montaje con sabor y temperatura, que debería estar destinado a tener un largo recorrido ya no por España, sino en el mismo Madrid –deben volver pronto a un lugar que les dé la difusión que, sin duda, merecen-. En estos tiempos de crisis, y en estos tiempos en los que el teatro disfraza a veces unos discretos resultados mediante la opulencia de la producción, da gusto encontrarse propuestas así: pequeñas, honestas, efectivas; hechas por gente que sabe de qué va realmente esto del teatro. Se trata de servir al texto y a la historia, de tener una historia que contar y gente dispuesta a contarla. Todo ello ocurre en este espectáculo.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Danny y Roberta (Una Danza Apache)”, de John Patrick Shanley. Con: Armando del Río, Laia Alemany y Ester Rodríguez. Versión y dirección: Mariano de Paco Serrano. CROMAGNON PRODUCCIONES.

Sala Mirador, 4 de Marzo de 2016

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